Me sería imposible decirte lo mucho que me conmovió la carta que dirigiste al Grapevine acerca de tu hijo alcohólico.
“Al descubrir el alcohol, encontró en ello mucho más de lo que encuentra la gente normal. Para él el alcohol no es un mero tranquilizante; significa la liberación – liberación de los conflictos internos. Parece liberar su atormentado espíritu.”
A continuación el doctor decía: “Si lo consideramos así, nosotros, la gente normal, podemos imaginarnos cómo un hábito obsesivo puede convertirse en una verdadera obsesión, como ha ocurrido en el caso de Bill. Una vez que él llega al punto de obsesión, el alcohol eclipsa todo lo demás. De allí parece ser sumamente egoísta. E inmoral. Mentirá, engañará, robará o hará lo que sea, para lograr su objetivo de beber. Naturalmente, todos los que están a su alrededor se sienten asombrados y desconcertados porque creen que sus acciones son voluntariosas. Pero esto dista mucho de ser así. La verdadera imagen de Bill es la de un idealista en bancarrota: de alguien que se encuentra en quiebra por haber perseguido sus sueños vanos y pueriles de perfección y poder. Ahora víctima de su obsesión, es como un niño solito llorando en un cuarto oscuro y extraño; esperando angustiado a que venga su madre – Dios – y encienda una vela.”
Tengo que confesarte, Madre de “J”, que es posible que yo haya inventado una parte de lo dicho por el médico. Pero ésta es la vida de un alcohólico, tal y como yo la he vivido.
¿Tenía yo, como alcohólico, un carácter defectuoso? Por supuesto que sí. ¿Era yo también, como alcohólico, un hombre enfermo? Si, muy enfermo.
No sé hasta qué punto yo era responsable por mi forma de beber. No obstante, no soy uno de aquellos que se amparan en la idea de que solo era un hombre enfermo. Sin duda, en los primeros años, yo tenía cierto grado de libre albedrío. Abusé de ese libre albedrío, para el gran sufrimiento de mi madre y de muchos otros. Estoy profundamente avergonzado.
la luz que finalmente me sacó de mis tormentas.
Con mis mejores deseos,
Bill