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Envio de mensajes a celulares (mensajes de texto), Ringtones y Trucos para celulares
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La fiebre de la guerra estaba en su apogeo en aquel pueblo de Nueva Inglaterra al cual habíamos sido asignados nosotros, los jóvenes oficiales procedentes de la ciudad de Plattsburg, y nos sentíamos elogiados cuando los primeros vecinos en recibirnos nos llevaban a sus casas y nos hacían sentir héroes. Estaban aquí, pues, el amor, el triunfo , la guerra; momentos sublimes salpicados de los intervalos más dichosos. Era yo, finalmente, parte de la vida y en medio de la alegría, descubrí el licor. Me olvidé de las enérgicas advertencias y de los prejuicios de mi familia en lo que se refería a beber. Llegado el momento zarpamos hacia ultramar. Me sentí muy solo y de nuevo acudí al alcohol.
Desembarcamos en Inglaterra y visité la Catedral de Winchester. Muy conmovido me salí a caminar. Mi atención fue atraída por una leyenda grabada en la lápida de una tumba:
Aquí yace un granadero de Hampshire
Quien pasó a la otra vida
Porque bebía bastante cerveza
Un viejo soldado nunca es olvidado
Haya muerto por mosquete
O por el tarro.
Ahí estaba una severa advertencia que yo no supe tomar en cuenta.
Una vez que regresé al país, a los veintidós años, era ya un veterano de guerra en el extranjero. Fantaseaba yo con mis cualidades de jefe: los hombres de mi batallón ¿acaso no me habían ya dado un testimonio de su particular aprecio por mí? Mi talento para ser líder me iba a colocar a la cabeza de enormes empresas que dirigiría yo con la más grande de las seguridades.
Asistí a un curso nocturno de derecho y, posteriormente, obtuve un empleo como investigador en una compañía aseguradora. La carrera hacia el éxito ya había comenzado. Iba a demostrar al mundo entero que yo era alguien. Mi trabajo me llevó a Wall Street y, poco a poco, me fui interesando en el mercado de valores. Había muchos que perdían dinero, pero otros hacían fortunas. ¿Por qué yo no?
Estudiaba economía y ciencias de la administración, además de derecho. Por mi propensión al alcohol casi reprobé mi curso de derecho. Me presenté a uno de los exámenes finales, tan borracho para escribir como para pensar. Aunque en esta época no bebía yo de manera continua, mi esposa ya se mostraba muy inquieta. Teníamos largas conversaciones durante las cuales intentaba yo tranquilizar sus presagios diciéndole que los hombres geniales habían tenido sus mejores ideas bajo el efecto del alcohol; que las más sublimes teorías filosóficas habían nacido de la misma manera.
Cuando finalizó mi curso de derecho, yo sabía ya que no estaba hecho para esta disciplina. Estaba envuelto por el torbellino de Wall Street. Los amos de las finanzas y del mundo de los negocios eran mis héroes. Mezclando el alcohol con la especulación financiera, empecé a forjar el bumerán que un día se volvería en mi contra y me haría pedazos. Como vivíamos en forma modesta, mi mujer y yo habíamos economizado 1 000 dólares. Este dinero nos sirvió para comprar unas acciones de muy poca demanda y que tenían un buen precio. Tenía yo razón al pensar que algún día estas acciones llegarían a tener mucho valor. No había yo podido convencer a mis amigos de la Bolsa para que me enviaran a investigar acerca de la administración de fábricas y de otras empresas; sin embargo, mi esposa y yo decidimos ir de cualquier forma. Estaba yo plenamente convencido de que la gente perdía dinero en la Bolsa debido a su ignorancia sobre los mercados. Más tarde, yo encontraría muchas razones más.
Dejamos nuestros empleos para ir a la aventura a bordo de una motocicleta en cuyo remolque colocamos una tienda de campaña, cobijas, ropa para cambiarnos y tres voluminosos anuarios sobre referencias bursátiles. Nuestros amigos nos decían que estábamos locos de atar y quizá sí tenían razón. Gracias a algunas especulaciones de suerte, teníamos un poco de dinero de sobra; sin embargo, una vez tuvimos que trabajar en una granja durante un mes, para evitar gastarnos ese pequeño capital. Por mucho tiempo, yo no tendría otro trabajo manual honesto como éste. En un año ya habíamos recorrido toda la parte oriental de los Estados Unidos. Los informes que había yo enviado a Wall Street durante este tiempo me significaron a mi regreso una posición destacada, así como la posibilidad de disponer de una generosa cuenta de gastos. Otra transacción” afortunada en ese año me proporcionó fondos adicionales que se tradujeron en una utilidad de varios miles de dólares.
En el curso de los años siguientes, la suerte me trajo dinero y triunfos. Ya había yo llegado”. Numerosos eran aquéllos que adoptaban mis ideas y se fiaban de mi juicio en esta danza de millones de dólares. La gran ola de prosperidad del final de la década de los veintes estaba en su cúspide. El tomar una copa se había convertido en una cosa importante para mí. En los salones donde se tocaba jazz, el parloteo era altísimo. Todos gastaban miles de dólares y se hablaba en términos de millones. De los demás, yo me burlaba. Yo me había hecho de una multitud de amigos de los buenos tiempos.
Mi consumo de alcohol aumentó seriamente. Bebía con stantemente durante el día y casi todas las noches. Los reproches de mis amigos generaron disputas y me encontré solo de nuevo. Hubo numerosas escenas desdichadas en nuestro suntuoso apartamento. Jamás le había sido yo infiel a mi mujer debido a mi lealtad hacia ella, lealtad a menudo respaldada por mi estado extremo de embriaguez que me mantuvo alejado de estas andanzas.
En 1929 se apoderó de mí la fiebre del golf. Me fui enseguida al campo con mi mujer para que aplaudiera, mientras que yo trataba de superar las hazañas de Walter Hagen. El alcohol me atrapó mucho más rápido de lo que hubiese yo podido vencer a Walter Hagen. Comencé a tener temblores por las mañanas. El golf era una oportunidad para beber todos los días y todas las noches. Experimentaba un gran placer en pasear a bordo del coche por los campos del selecto club que tanto me había impresionado cuando era joven. Ya usaba el magnífico abrigo que usaban los afortunados. El banquero de mi localidad me observaba depositar cheques de gran denominación con un divertido escepticismo. Entonces, en octubre de 1929 se desencadenó un infierno en la Bolsa de Valores de Nueva York. Después de uno de esos infernales días, iba yo titubeante del bar de un hotel a las oficinas de la correduría. Eran las ocho de la noche, cinco horas después de haber cerrado el mercado.
El telégrafo aún estaba funcionando. Me quedé observando un pedazo de papel sobre el cual aparecía la inscripción XYZ- 32. En la mañana se había cotizado en 52. Estaba yo arruinado al igual que varios de mis amigos. Los diarios informaban acerca de personas que se habían suicidado lanzándose de lo alto de las torres de la Bolsa. Esa situación me provocó un disgusto. Pero yo no iba lanzarme. Me regresé al bar. Mis amigos habían perdido muchos millones desde las diez de la mañana, así pues ¿qué había de malo? Ya mañana sería otro día. A medida que estaba bebiendo, mi antigua y tenaz determinación por ganar regresó a mí.
Al otro día por la mañana le llamé a un amigo en Montreal. A él le había quedado mucho dinero y era de la opinión de que mejor debía irme al Canadá. En la primavera siguiente, mi mujer y yo ya llevábamos de nuevo nuestro tren de vida habitual. Me sentía tal como Napoleón a su regreso de la Isla de Elba. ¡Nada de una Isla de Santa Helena para mi, eh! Pero la bebida me atrapó de nuevo y mi generoso amigo tuvo que dejarme ir. Esta vez nos íbamos a quedar sin dinero.
Nos fuimos a vivir a la casa de mis suegros. Encontré un empleo y lo perdí como resultado de una pelea con un taxista. Misericordiosamente, no hubo nadie que pudiese adivinar que yo iba a estar sin trabajo durante cinco años, o que iba a permanecer casi siempre ebrio durante todo ese lapso. Mi esposa empezó a trabajar en una tienda de departamentos. Llegaba a casa muy cansada sólo para verme borracho. En las firmas de correduría me convertí en un parásito indeseable.
El licor dejó de ser un artículo de lujo para convertirse en una necesidad. Dos o a veces tres botellas de ginebra de contrabando al día llegaron a ser mi ración habitual. De tiempo en tiempo, alguna transacción pequeña me dejaba algunos cientos de dólares; era entonces cuando iba a pagar a los bares y las tiendas de abarrotes. El mismo ciclo se repetía sin cesar. Posteriormente, empecé a despertar muy temprano en la madrugada sacudiéndome con violentos temblores. Tenía que beber cuando menos un vaso grande de ginebra y seis botellas de cerveza para poder estar en condiciones de desayunar. Pero, con todo esto, yo estaba convencido de poder controlar la situación y atravesaba por períodos de sobriedad que le devolvían la esperanza a mi esposa.
Las cosas empezaron a deteriorarse poco a poco. La casa fue embargada por el poseedor de la hipoteca, murió mi suegra y mi mujer y mi suegro enfermaron.
Fue entonces que un prometedor negocio se me presentó. Las acciones estaban en su nivel más bajo en el año de 1932, y de alguna manera yo tenía a un grupo de compradores. Se me iba a dejar una parte generosa de las utilidades. Pero entonces una tremenda borrachera me hizo perder esa oportunidad.
Este golpe me abrió los ojos. Tenía que parar. Me di cuenta de que no podía beber ni una sola copa. Estaba yo liquidado para siempre. Hasta esa fecha había yo hecho una gran cantidad de bellas promesas; sin embargo, mi esposa pensó que esa vez sí hablaba yo en serio. Y efectivamente, hablaba yo en serio.
Un poco después regresé ebrio a casa. No había podido resistir. ¿Qué había pasado con mis grandes resoluciones? No tenía yo la más mínima idea. No habían llegado a mi mente. Alguien, alguien me había ofrecido un trago y yo lo bebí. ¿Es que estaba yo loco? Empecé a preguntármelo, pues tan asombrosa inconsistencia parecía confirmarlo.
Con una renovada resolución intenté de nuevo. Después de un cierto tiempo, la confianza que había yo adquirido comenzó a cederle su lugar a la presunción. ¡Ya podía darle la espalda a las cantinas y al alcohol. Ya tenía de ahora en adelante lo que me hacía falta! Un día entré a un bar para hacer una llamada. En un corto tiempo estaba yo golpeteando sobre la barra y preguntándome cómo había ocurrido. Cuando el whisky se me fue a la cabeza me dije que para la siguiente ocasión controlaría mejor las cosas, pero por lo que hacía a ese momento lo mejor era emborracharse. Y así lo hice.
Jamás podré olvidar el remordimiento, el terror y la desesperación que volví a sentir en las primeras horas de la mañana. No tenía el coraje para combatir. No alcanzaba a controlar mi agitada cabeza y tenía el sentimiento de una inminente catástrofe. Con trabajos me atreví a cruzar la calle para no caerme y ser arrollado por un camión. Apenas había un poco de luz de día. Un lugar que funcionaba toda la noche me surtió con una docena de vasos de cerveza. Finalmente, mis crispados nervios se calmaron. Al leer el diario de la mañana me enteré de que el mercado de valores nuevamente se había ido a pique. Lo mismo que yo. El mercado de valores se iba a recuperar, pero yo no. Esta última idea me dañó mucho. ¿Suicidarme? No. Ahora no. Una neblina mental se asentó. Ya la ginebra se encargaría de eso. Dos botellas más y… el olvido.
El cuerpo y la mente son unas máquinas prodigiosas, pues los míos resistieron esta agonía por dos años más. A veces, cuando el terror y la locura de la mañana se apoderaban de mí, robaba algo de dinero del pobre portamonedas de mi esposa. De nuevo, tambaleándome y vacilando ante una ventana abierta, o ante el botiquín de medicinas donde había veneno, maldiciéndome por ser un cobarde. Mi esposa y yo, buscando huir de esta situación, salíamos de viaje al campo y de regreso a la ciudad. Llegó entonces la noche en que la tortura física y mental era tan infernal que temí suicidarme lanzándome a través de la ventana, haciéndola añicos. De alguna manera pude arrastrar mi colchón a un piso inferior, para el caso de que saltara por la ventana. Un médico vino a administrarme sedantes poderosos. Al día siguiente ya estaba yo mezclando licor con los calmantes. Esta combinación en breve tiempo me llevó al punto de crisis. Las personas temían por mi salud mental. Y también yo. Cuando bebía, no comía nada, o casi nada. Me faltaban cuarenta libras para llegar a mi peso normal.
Gracias a la bondad de mi madre y de mi cuñado médico, fui admitido en un hospital reconocido en todo el país por su programa de rehabilitación física y mental para alcohólicos. Bajo los efectos de un tratamiento con belladona, se aclaró mi mente. La hidroterapia y los ejercicios ligeros me hicieron bien. Pero lo mejor de todo fue que me topé con un médico comprensivo. Me explicó que aunque indudablemente egoísta y estúpido, yo había estado seriamente enfermo tanto del cuerpo como mentalmente.
Me consoló un poco el saber que, para los alcohólicos, la voluntad es asombrosamente débil cuando se trata de combatir el alcohol, sin importar lo fuerte que pueda ser para otros asuntos. Encontraba yo al fin una explicación a mi comportamiento increíblemente en desacuerdo con mi intenso deseo de dejar de beber. Comprendiendo al fin mi condición, me fui lleno de esperanzas. Durante tres o cuatro meses, el optimismo me daba alas. Iba yo a la ciudad en forma regular y hasta gané algo de dinero. El conocimiento de uno mismo: era ahí donde seguramente estaba la respuesta.
Ésta no era la respuesta, pues llegó el terrible día en que bebí de nuevo. Mi salud moral y física se fue al precipicio. Después de cierto tiempo regresé de nuevo al hospital.
Tuve la impresión de que era el fin, la caída del telón. Mi pobre esposa, extenuada y desesperada, fue advertida acerca de mi estado. Moriría yo de una falla cardiaca durante una crisis de delirium tremens o, bien, me afectaría un caso de impregnación etílica del cerebro, quizás en el curso de un año. En breve fecha ella estaría decidiendo si me confiaba al cuidado de las pompas fúnebres o a un hospital psiquiátrico.
No fue necesario que me lo dijeran. Yo lo sabía y estaba casi feliz. Era un golpe mortal asestado a mi orgullo. Héme ahí, yo, que tenía una opinión tan alta de mí mismo, de mis aptitudes y de mi capacidad para salvar obstáculos, estaba totalmente derrotado. Iba ahora a hundirme en la oscuridad, uniéndome a la interminable fila de ebrios que me habían precedido. Pensé en mi desdichada esposa. Sí, había existido mucha felicidad, después de todo. Qué no haría yo por restablecer nuestra dañada relación matrimonial. Pero en este punto ya era demasiado tarde.
No tengo palabras para describir la soledad y la desesperación que viví en esa amarga negrura de la conmiseración de mí mismo. Tenía la sensación de estar rodeado de arenas movedizas. Eran más fuertes que yo; estaba vencido; el alcohol era mi dueño.
Cuando, todo tembloroso, salí del hospital, era un hombre derrotado. El miedo me hizo dejar de beber temporalmente. Un poco después, en la celebración del Armisticio de 1934, la insidiosa aberración de esa primera copa se volvió a apoderar de mí, y una vez más volví a empezar. Ya todos se habían hecho a la idea y aceptaban la certera eventualidad de mi internamiento o de mi final desdichado. ¡Qué oscuro es todo antes de la aurora! De hecho, estaba viviendo el principio de mi debacle final. Yo estaba seguro del hecho de ser lanzado hacia aquello que me gustaba llamar la cuarta dimensión de la existencia. Iba a descubrir la dicha, la paz y una razón de ser, gracias a un modo de vida que se revela increíblemente más maravilloso, día con día.
Una de esas tristes tardes de finales del mes de noviembre, tomé un vaso y me senté en la cocina. Estaba bastante contento de pensar que había suficiente ginebra escondida en la casa para poder pasar la noche y el día siguiente. Mi esposa estaba trabajando. Yo me preguntaba si sería capaz de atreverme a esconder una botella cerca de la cabecera de nuestra cama. La iba a necesitar antes de que amaneciera.
Mis sueños fueron interrumpidos por el teléfono. Con una voz llena de buen amor, un antiguo compañero de escuela me preguntaba si podría pasar a visitarme. Estaba sin beber. No recordaba que él hubiese venido a Nueva York en ese estado desde hacía años.
Yo estaba asombrado. Corría el rumor de que había sido internado en un hospital por locura alcohólica. No podía dejar de preguntarme cómo había hecho para escaparse. Bueno, de seguro, cenaría en casa y entonces podría yo beber en su compañía sin tener que esconderme. Muy poco cuidadoso de su bienestar, yo sólo pensaba en recapturar el espíritu de otros días. Alguna vez fletamos un avión ¡para completar una juerga! Su llegada iba a ser un oasis en este temible desierto en el que nada parecía funcionar. Sí, así era ¡un oasis! Así son los alcohólicos.
Cuando le abrí la puerta, le vi la piel fresca y el semblante brillante. Había algo de particular en su mirada. Era diferente, pero sin que pueda yo explicar por qué. ¿Qué le habría ocurrido?
Le extendí un vaso a través de la mesa. Lo rechazó. Desilusionado, pero con mucha curiosidad me preguntaba yo qué le había ocurrido. Ya no era el mismo.
Vamos, vamos. ¿Qué pasa? pregunté.
Me miró derecho a los ojos. Y, en forma sencilla pero sonriente, me dijo:
Ya tengo religión.
Me quedé petrificado. Conque eso era: El año anterior un alcohólico enloquecido; ahora, sospechaba yo, algo intoxicado de religión. Tenía esa mirada de ojos encendidos. Sí, el compañerito estaba de nuevo emocionado con algo. ¡Bueno, pues que Dios lo bendiga y que se ponga a predicar! Además, mi ginebra iba a durar más que su sermoneo.
Pero no predicó. En poco tiempo me platicó cómo dos hombres se habían presentado ante un tribunal y habían convencido al juez para que no lo enviara a prisión. Ellos habían comentado acerca de una idea religiosa simple y de un programa de acción para poner en práctica. Eso había ocurrido dos meses atrás y el resultado era elocuente: ¡funcionaba!
Él había llegado para beneficiarme con su experiencia, si es que yo lo deseaba. Estaba aturdido, pero sí me interesé. ¡Claro que me interesaba! Y no podía ser de otra manera, ya que no tenía remedio.
Habló durante horas. Los recuerdos de mi infancia llegaban a mi mente. Me parecía escuchar, como en aquellos domingos apacibles, la voz del predicador que me llegaba de lejos hasta la colina donde yo estaba sentado; estaba ahí el juramento de no beber vinos ni otros licores que nunca firmé; el desprecio moderado de mi abuelo hacia algunos adoradores y sus actos; su insistencia en que las esferas celestiales tenían música; mas su negativa al derecho del predicador de decirle a él cómo debía escuchar tal música y cómo hablaba sin temor alguno de sus convicciones justamente antes de morir; todos esos recuerdos afloraron a la superficie. Tenía yo la garganta reseca.
Volví a pensar en ese día de la guerra en que visité la Catedral de Winchester.
Siempre había creído en un poder superior a mí mismo. Siempre había reflexionado sobre estas cosas. No era ateo. Pocas gentes lo son realmente, pues el ateísmo implica una fe ciega en la hipótesis extraña de que este universo ha salido de la nada y va hacia la nada. Mis héroes intelectuales, los químicos, los astrónomos, aun los evolucionistas suponían que grandes leyes y grandes fuerzas regían este mundo. A pesar de pruebas contrarias, me quedaban pocas dudas de que un motivo y un orden poderosos regían ese mundo. ¿Cómo podrían existir tantas leyes precisas e inmutables sin que hubiese la intervención de alguna forma de inteligencia? No podía hacer otra cosa que creer en un Espíritu del universo, el cual no conocía ni tiempos, ni límites. Pero era hasta ahí adonde yo había llegado.
Es así que me alejé de los ministros religiosos y del mundo de la religión. En cuanto se me hablaba de un Dios personal, de un Dios que era amor, dirección y fuerza suprahumanos, me irritaba y mi mente se cerraba de golpe contra tal teoría.
A Cristo le concedía yo el valor de ser un gran hombre, cuyos discípulos no lo habían seguido fielmente. Sus enseñanzas morales, excelentes. Por mi parte, me había quedado con los principios que me parecían prácticos y que no eran demasiado exigentes; y el resto lo deseché.
Las guerras que se habían peleado, los incendios y las trampas que la controversia religiosa había provocado me enfermaban. Me preguntaba sinceramente si, en su totalidad, las religiones del mundo tendrían algo de bueno. Eso era por lo que yo había visto en Europa y después, el poder de Dios en los actos humanos era insignificante, la Fraternidad entre los Hombres era una farsa trágica. Si existía el diablo, él parecía ser el dueño del mundo y de los destinos humanos y, cosa cierta, era mi dueño.
Pero mi amigo, sentado frente a mí, declaró a quemarropa que Dios había hecho por él lo que él nunca pudo hacer para sí. Su voluntad de ser humano había fracasado. La medicina lo había declarado como irrecuperable. La sociedad se estaba apresurando a encerrarlo. Así como yo, él había admitido su derrota total. Más tarde, literalmente, había resucitado de entre los muertos, repentinamente sacado del fondo más bajo hacia un nivel de vida mejor que él hubiese jamás conocido.
¿Habría surgido esta fuerza de él mismo? No, claro que no. No había habido en él más fuerza que la yo hubiese tenido en ese momento; y esto era nada, nada en absoluto.
Me cayó aquello como una tonelada de ladrillos. Empecé a creer que las personas con religión habían tenido quizás la razón, después de todo. Había ocurrido algo en el corazón de un hombre y este algo había logrado lo imposible. Mi opinión acerca de los milagros había sido de súbito reexaminada. Poco importaba el tiempo lejano: tenía ante mí, al otro lado de la mesa, a un milagro viviente. Él aportaba un suceso extraordinario.
Vi que mi amigo estaba mucho más que readaptado psicológica mente. Sus raíces habían llegado hasta un suelo nuevo. A pesar de su ejemplo viviente, me quedaban aún vestigios de mis viejos prejuicios. La palabra Dios aún causaba en mí una cierta antipatía. Una vez que fue expresada la idea de que podría existir un Dios personal que se ocupase de mí, mi antipatía se intensificó. La idea no me agradaba. Podría aceptar ciertas concepciones tales como de una Inteligencia Creadora, de una Mente Universal o del Alma de la Naturaleza, pero me resistía al concepto de Emperador de los Cielos, no obstante lo amable que su dominio pudiese ser. Desde entonces he platicado con infinidad de personas que pensaban como yo.
Mi amigo hizo una sugerencia que me pareció novedosa: ¿Por qué no seleccionas por ti mismo tu propia concepción de Dios?”
Su proposición me golpeó el corazón. Sentí que se derretía la montaña glacial de los prejuicios intelectuales a la sombra de los cuales yo había temblado por años y años. Al fin, volvía yo a encontrar el sol.
Se trataba solamente de estar dispuesto a creer en un Poder Superior a mí mismo. No tenía que hacer nada más para comenzar. Vi que el crecimiento podría iniciar a partir de ese punto. Al adoptar una actitud de completa buena voluntad, podría yo conocer el cambio que veía en mi amigo. ¿Lo lograría? ¡Claro que lo lograría!
Es de esta manera que he llegado a convencerme de que Dios se ocupa de los hombres, cuando lo deseamos con todo el corazón. Al fin veía, sentía, creía. Capas y capas de orgullo y de prejuicio caían de mis ojos. Un nuevo mundo aparecía ante mi vista.
Repentinamente comprendí el verdadero significado de la experiencia de la catedral. Por un instante yo había tenido necesidad de Dios y Lo había querido. Tímidamente yo había querido que estuviese allí y Él había venido. Pero muy pronto el sentimiento de su presencia había sido sofocado por los clamores del mundo, sobre todo aquéllos que se elevaban dentro de mí. Y así había sido desde entonces. ¡Qué ciego había estado!
En el hospital me separé del alcohol por última vez. El tratamiento parecía ser el indicado, ya que yo mostraba síntomas de delirium tremens.
Después, yo me ofrecí humildemente a Dios, tal como lo concebí, Le pedí que dispusiese de mí como Él lo deseara. Me puse sin reservas bajo Su cuidado y dirección. Admití por vez primera que por mí mismo yo no era nada; que sin Él estaba yo perdido. Sin reservas encaré mis pecados y estuve de acuerdo en que mi nuevo Amigo los extirpase. Desde entonces jamás he vuelto a beber.
Mi antiguo compañero de escuela me vino a visitar y le hice saber todos mis problemas y todas mis deficiencias. Hicimos la lista de personas a quienes en alguna forma yo les hubiese causado un daño o hacia quienes yo nutría rencores. Me mostré enteramente dispuesto a encontrar a esas personas y a admitir mis errores, sin jamás juzgarlas. Yo iba a corregir todos mis errores lo mejor que pudiese.
Debía poner a prueba mi pensamiento mediante la conciencia de la presencia de Dios en mí. El sentido común iba a ser sustituido por la guía divina. ¿Cómo? Cuando tuviese dudas, me sentaría tranquilamente y pediría solamente que me fuesen dadas la fuerza y la luz para atender mis problemas en la forma en que Dios lo quisiese. Jamás debería rezar para mí, sino para pedir ser más útil a los demás. Solamente así podría esperar ser correspondido. Pero, en tal caso, sería correspondido abundantemente.
Mi amigo me prometió que cuando se realizaran estas cosas, viviría yo un nuevo género de relación con mi Creador; que tendría en mis manos los elementos de un modo de vida que traería la solución a todos mis problemas. Esencialmente, era suficiente creer en el poder de Dios y estar dispuesto, con toda humildad y con toda honestidad, a establecer y a mantener este nuevo orden de cosas.
Simple, pero no sencillo; un precio habría de pagarse. Aquello significaba la destrucción de mi egocentrismo. Debía de poner todas las cosas en manos del Padre de la Luz que reina sobre todos nosotros.
Estas proposiciones eran a la vez que radicales, revolucionarias; pero, a partir del momento en que las hube aceptado, el efecto fue electrizante. Tuve una impresión de victoria, seguida por una sensación de paz y serenidad como jamás la había experimentado. Tenía una confianza plena. Me sentí transportado, tal como si el tonificante viento fresco de las montañas me hubiese envuelto. A la mayoría de los seres humanos, Dios se le manifiesta poco a poco, pero Su encuentro conmigo fue repentino y profundo. Durante un cierto tiempo me sentí inquieto; llamé a mi médico amigo para preguntarle si él creía que yo aun estuviese sano de la mente. Asombrado, escuchaba lo que yo le contaba.
Finalmente, y sacudiendo su cabeza, me dijo: Algo ha llegado a ti que no alcanzo a comprender. Pero es preferible que te aferres a ello. No importa lo que sea, pero es mejor que el estado en que te encontrabas.” Al día de hoy, este buen doctor tiene a menudo la oportunidad de encontrar pacientes que desarrollan experiencias como la mía. Él sabe que son verdaderas.
En mi cama del hospital me asaltaba el pensamiento de que habría miles de alcohólicos desesperados que estarían felices de beneficiarse con aquello que me había sido dado de manera tan gratuita. Quizás pudiese ir en auxilio de algunos. A su vez, ellos podrían acudir en auxilio de otros.
Mi amigo había insistido sobre la absoluta necesidad de poner en práctica estos principios en todos los aspectos de mi vida. Era necesario, sobre todo, tratar de ayudar a otros alcohólicos tal como él lo había hecho conmigo. La fe sin obras es una fe muerta, me decía. ¡Qué importante es esto para los alcohólicos! Puesto que si un alcohólico se descuida en enriquecer y perfeccionar su vida espiritual con el trabajo y la dedicación hacia los demás, no podrá superar las pruebas y las depresiones que le esperan. Si no se empeña en este crecimiento interior, con toda seguridad volverá a beber y, si bebe, morirá, de seguro. Entonces, la fe estaría muerta, efectivamente. Y es así también para nosotros.
Mi mujer y yo nos adherimos con entusiasmo a la idea de ayudar a otros alcohólicos a encontrar una solución a sus problemas. Ésta era una cosa óptima, ya que mis antiguos socios de negocios dudaron de mi restablecimiento durante un año y medio, periodo en el que tuve poco trabajo. No me sentí muy bien en ese tiempo y me atormentaban accesos de conmiseración por mí mismo y de resentimiento. Estos sentimientos algunas veces me hicieron casi volver a beber, sin embargo, comprendí que donde todos los demás métodos habían fracasado, la dedicación hacia otro alcohólico me mantenía a salvo. Más de una vez regresé a ese hospital, desesperado. Al hablarle a algún alcohólico ahí mismo, me levantaba y volvía a andar sobre mis pies. Este modo de vida da resultados en los momentos difíciles.
Rápidamente comenzamos a hacer amigos y, tras de nosotros surgió una Confraternidad, de la cual es maravilloso sentir uno que forma parte de ella. La alegría de vivir está siempre con nosotros, tanto en las situaciones de tensión, como en las de dificultades. He visto centenas de familias tomar el camino que en verdad los lleva a una meta; he visto desarrollarse favorablemente situaciones familiares en verdad desesperadas; he visto solucionarse enemistades y rencores; he visto hombres abandonar los manicomios y volver a sus puestos en las vidas de sus familias y de su ambiente social. Hombres de negocios y profesionistas han recuperado su rango social. No ha habido ningún género de dificultades o de miseria que no haya sido resuelto entre nosotros. En una ciudad del Oeste del país hay ochenta de nosotros con sus familias. Nos reunimos frecuentemente en nuestros diferentes hogares, a fin de que los recién llegados encuentren la amistad reconfortante que necesitan. En estas reuniones informales podemos encontrar de 40 a 80 personas. Estamos creciendo en número y en fuerza.
Un alcohólico ebrio es un ser desagradable. La labor de persuasión que debemos desarrollar ante ellos es a veces ardua, cómica y trágica. Uno de nosotros, desafortunadamente, se suicidó en nuestra casa. No pudo o no quiso comprender nuestro modo de vida.
En aquello que hacemos hay una gran alegría. Supongo que algunas personas se escandalizarán a causa de lo que pareciese ser mundano y poco serio. Mas, bajo esa apariencia somos implacablemente serios. La fe en Dios debe de cumplir su obra día por día en nosotros y a través de nosotros, o si no perecemos.
La mayoría de nosotros creen que ya no tenemos que buscar la Utopía. Lo que tenemos con nosotros, aquí, ahora, es eso. Todos los días, aquella sencilla conversación de mi amigo en la mesa de la cocina se repite y se multiplica en un círculo siempre más grande de paz sobre la tierra y de buena voluntad hacia los hombres.
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Los que pertenecemos a Alcohólicos Anónimos consideramos que puede interesar al lector la opinión médica acerca del plan de recuperación que se describe en este libro. No cabe duda de que un testimonio convincente debe venir de médicos que han tenido experiencia de nuestro sufrimiento y presenciado nuestro retorno a la salud. Un eminente doctor, que es el director médico de un hospital conocido nacionalmente y especializado en el tratamiento de adictos al alcohol y a las drogas, dio a Alcohólicos Anónimos la siguiente carta:
A QUIEN CORRESPONDA:
Durante muchos años me he especializado en el tratamiento del alcoholismo.
A fines del año 1934 atendí a un paciente que, a pesar de haber sido un competente hombre de negocios, con mucha aptitud para ganar dinero, era un alcohólico de un tipo que yo había llegado a considerar como irremediable.
En el transcurso de su tercer tratamiento adquirió ciertas ideas de un posible método de recuperación. Como parte de su rehabilitación, empezó a dar a conocer sus conceptos a otros alcohólicos, inculcándoles la necesidad de que ellos a su vez hicieran lo mismo con otros. Esto ha llegado a ser la base de una agrupación de estos hombres y sus familiares, la cual está creciendo rápidamente. Parece que este individuo y más de otros cien se han recuperado.
Personalmente conozco decenas de casos del tipo con el cual han fallado por completo otros métodos.
Estos hechos parecen tener una gran importancia médica; debido a las extraordinarias posibilidades de crecimiento inherentes a este grupo, pueden marcar una nueva época en los anales del alcoholismo. Estos hombres bien pueden tener un remedio para miles de esas situaciones.
Usted puede tener absoluta confianza en cualquier manifestación de los Alcohólicos Anónimos sobre ellos mismos.
Su atento y seguro servidor,
William D. Silkworth, M.D.
El médico que a petición nuestra nos facilitó esta carta, ha tenido la bondad de ampliar sus ideas en otra declaración que exponemos a continuación. En ésta, confirma que los que hemos sufrido la tortura alcohólica tenemos que creer que el cuerpo del alcohólico es tan anormal como su mente. No nos convencía la explicación de que no podíamos controlar nuestra manera de beber sencillamente porque estábamos desadaptados a la vida; porque estábamos en plena fuga de la realidad; o porque teníamos una franca deficiencia mental. Estas cosas eran verídicas hasta cierto punto y, de hecho, en grado considerable en algunos de nosotros, pero además estamos convencidos de que nuestros cuerpos también estaban enfermos, y opinamos que es incompleto cualquier cuadro del alcohólico que no incluya este factor físico.
La teoría del doctor, de que tenemos una alergia al alcohol, nos interesa. Aunque nuestra opinión, no profesional, sobre su validez signifique poco, como ex bebedores del tipo que se convierte en problema, podemos decir que esa explicación parece acertada. Aclara muchas cosas que de otro modo nosotros no podíamos explicar.
Aunque nosotros trabajamos por nuestra solución en un plano espiritual y altruista, estamos en favor de la hospitalización del alcohólico que está nervioso o con la mente nublada. La mayoría de las veces será necesario esperar hasta que se aclare la mente del individuo para conversar con él, ya que entonces habrá más posibilidades de que entienda y acepte lo que podemos ofrecerle.
El doctor escribe:
Me parece que el tema presentado en este libro es de suma importancia para quienes son adictos al alcohol.
Digo esto después de muchos años de experiencia como director médico de uno de los más antiguos hospitales del país, especializado en el tratamiento de adictos al alcohol y a las drogas.
Por lo tanto, sentí verdadera satisfacción cuando se me pidió la contribución de unas cuantas palabras sobre el tema tratado en estas páginas tan detalladamente y con tanta maestría.
Desde hace mucho tiempo los médicos nos hemos dado cuenta de que alguna forma de psicología moral es de apremiante importancia para el alcohólico, pero su aplicación presentaba dificultades fuera de nuestros conceptos. Las normas ultramodernas y el enfoque científico que aplicamos a todo, pueden ser la causa de que estemos mal preparados para aplicar los poderes del bien que no encajan en nuestros conocimientos sintéticos.
Hace muchos años, uno de los colaboradores de este libro estuvo bajo nuestro cuidado en este hospital y, durante ese tiempo adquirió ideas que inmediatamente llevó a la práctica.
Más adelante, solicitó permiso para contar su historia a otros pacientes y, con cierta desconfianza, se lo concedimos. Los casos que hemos observado en todo su transcurso han sido sumamente interesantes. La abnegación y su espíritu de comunidad, son algo realmente inspirador para quien ha trabajado fatigosamente —y por mucho tiempo— en el terreno del alcoholismo. Creen en ellos mismos, pero mucho más en el Poder que los arranca de las garras de la muerte.
Naturalmente, el alcohólico necesita ser liberado de su anhelo imperioso por el alcohol y esto requiere, con frecuencia, un procedimiento definido de hospitalización para poder obtener el máximo de beneficios de las medidas psicológicas.
Creemos, y así lo sugerimos hace unos años, que la acción del alcohol en estos alcohólicos crónicos es la manifestación de una alergia; que el fenómeno del deseo imperioso sólo se presenta en esta clase y nunca en la de los bebedores moderados comunes. Estos tipos alérgicos nunca pueden usar sin peligro el alcohol, cualquiera que sea la forma de éste. Cuando ya han adquirido el hábito y se han percatado de que no pueden liberarse de él, cuando ya han perdido la confianza en las cosas humanas y en ellos mismos, sus problemas se acumulan y se vuelven sorprendentemente difíciles de resolver.
El estímulo emocional de un consejo bien intencionado, raramente les basta. El mensaje que puede interesar y mantener su interés tiene que ser profundo y de peso. En casi todos los casos, sus ideales tienen que cimentarse en un poder superior a ellos mismos, si es que han de rehacer sus vidas.
Si hay algunos que creen que, como psiquiatras dirigentes de un hospital para alcohólicos, parecemos algo sentimentales, les invitamos a que nos acompañen a la línea de fuego; que vean las tragedias, las esposas desesperadas, los pequeños hijos; que la solución de este problema sea parte de su trabajo cotidiano y hasta de sus momentos de reposo, y aun el más escéptico no se sorprenderá de que hayamos aceptado y alentado este movimiento. Creemos, después de muchos años de experiencia, que no hemos encontrado nada que haya contribuido más a la rehabilitación de estos hombres que el movimiento altruista que se está desarrollando entre ellos.
Los hombres y las mujeres beben, esencialmente, porque les gusta el efecto que produce el alcohol. La sensación es tan evasiva que, aunque admiten lo dañino, no pueden después de algún tiempo discernir la diferencia entre lo verdadero y lo falso. Les parece que su vida alcohólica es la única normal. Están inquietos, irritables y descontentos hasta que no vuelven a experimentar la sensación de tranquilidad y bienestar que inmediatamente les produce apurar unas cuantas copas — copas que ven a otros tomar con impunidad. Después de haber vuelto a sucumbir al deseo imperioso, pasan por todas las bien conocidas etapas de la borrachera, emergiendo de ésta llenos de remordimientos y con la firme resolución de no volver a beber. Esto se repite una y otra vez, y a menos de que la persona pueda experimentar un cambio psíquico completo, hay muy pocas esperanzas de que se recupere.
Por otra parte, por extraño que parezca a quienes no lo entienden, una vez que ha ocurrido el cambio psíquico, la misma persona que parecía condenada a muerte, que tenía tantos problemas y se creía incapaz de resolverlos, repentinamente descubre que puede fácilmente controlar su deseo por el alcohol y que el único esfuerzo para ello es el de seguir unas sencillas normas.
Algunos individuos han recurrido a mí, presas de la desesperación, y me han dicho con sinceridad: “¡Doctor, no puedo seguir así! ¡Tengo la vida por delante! ¡Necesito parar pero no puedo! ¡Usted tiene que ayudarme!”
Cuando se tiene que afrontar este problema, si el médico es sincero consigo mismo, a veces tiene que sentir su propia insuficiencia. A pesar de que dé todo lo que pueda dar, con frecuencia no es suficiente. Uno piensa que se necesita la intervención de algo más, aparte del poder humano para que se produzca el cambio psíquico esencial. Aunque el conjunto de recuperaciones como resultado de esfuerzos psiquiátricos es considerable, los médicos tenemos que admitir que hemos hecho poca mella en el problema en conjunto. Hay muchos tipos que no responden al enfoque psicológico ordinario.
No estoy de acuerdo con los que creen que el alcoholismo es enteramente un problema de control mental. He tratado a muchos individuos que, por ejemplo, habían trabajado por espacio de meses en un problema o negocio que tenía que resolverse favorablemente para ellos en determinada fecha. Se habían bebido una copa, uno o dos días antes de esa fecha, y el fenómeno del deseo imperioso había adquirido una preponderancia inmediata sobre los demás intereses y, por lo tanto, no habían cumplido con aquel compromiso tan importante. Estos individuos no bebían para escapar; estaban bebiendo para aplacar un deseo imperioso que estaba más allá de su control mental.
Hay muchas situaciones motivadas por el fenómeno del deseo imperioso y que impulsan a los hombres a consumar el supremo sacrificio en vez de seguir luchando.
La clasificación de los alcohólicos parece sumamente difícil y el tratar de hacerla con detalle está fuera de los propósitos de este libro. Existe, por ejemplo, el psicópata, mentalmente desequilibrado. Todos estamos familiarizados con este tipo, el que constantemente está diciendo que va a dejar de beber para siempre. Siente un arrepentimiento exagerado y hace muchas resoluciones pero nunca toma una decisión.
Existe el individuo que no está dispuesto a admitir que no puede beber ni una copa; planea distintas maneras de beber y cambia de marca o de lugar. Tenemos el que cree que después de un período de haber estado sin beber, puede hacerlo sin peligro. También tenemos el maniático-depresivo —tal vez éste sea el que menos pueden comprender sus amigos— acerca del cual puede escribirse todo un capítulo.
Y los individuos enteramente normales en todos respectos, excepto en el que se refiere al efecto que el alcohol produce en ellos. Estos son, a veces, capaces, inteligentes y amigables.
Todos los citados y muchos otros, tienen un síntoma en común; no pueden empezar a beber sin que se presente en ellos el fenómeno del deseo imperioso. Este fenómeno, como lo hemos sugerido, puede ser la manifestación de una alergia que distingue a esta gente de los demás y que la sitúa en un grupo distinto. Nunca ha sido posible erradicarlo con ninguno de los métodos conocidos. El único método que podemos sugerir es la abstinencia completa.
Esto nos precipita inmediatamente en un caldero hirviente de discusiones. Mucho se ha dicho y escrito a favor y en contra, pero la opinión generalizada entre los médicos parece ser la de que la mayoría de los alcohólicos crónicos no tiene remedio.
¿Cuál es la solución? Tal vez pueda contestar mejor a esta pregunta relatando una de mis experiencias.
Aproximadamente un año antes de tener esta experiencia, trajeron a un individuo para que se le tratara su alcoholismo crónico. Se había recuperado parcialmente de una hemorragia gástrica y parecía ser un caso de deterioro mental patológico. Había perdido todo lo que valía la pena en la vida y solamente vivía para beber. Admitió francamente, y lo creía, que no había remedio para él. Después de que se hubo desalojado al alcohol de su organismo, se comprobó que no había ninguna lesión cerebral permanente. Aceptó el plan que se expone en este libro. Un año después vino a verme y tuve una extraña sensación. Lo conocía por su nombre y pude reconocer parcialmente sus facciones, pero eso era todo. De una ruina temblorosa y desesperada, había surgido un individuo radiante de alegría y de confianza en sí mismo. Estuve hablando con él un rato pero no podía convencerme de que lo conocía. Para mí, era un extraño y lo fue hasta que se marchó. Ha pasado mucho tiempo y no ha vuelto a probar el alcohol.
Cuando siento la necesidad de elevar mi mente, pienso en un caso que trajo un eminente médico de Nueva York. El paciente había hecho su propio diagnóstico y, decidiendo que su situación era irremediable, fue a encerrarse en un granero vacío; ahí lo encontraron unas personas que lo buscaban y me lo trajeron en una condición desesperada. Después de su rehabilitación física tuvo una conversación conmigo, y con entera franqueza, me manifestó que consideraba una pérdida de esfuerzos el tratamiento a menos de que yo pudiera asegurarle lo que nadie había hecho nunca: que en el futuro tendría “la fuerza de voluntad” necesaria para resistir el impulso de beber.
Su problema alcohólico era tan complejo y su depresión tan grande, que pensamos en la entonces llamada “psicología moral” como única esperanza para él, y dudando de que aun ésta tuviese algún efecto.
Sin embargo, lo convencieron las ideas que encierra este libro. No ha bebido ni una copa en muchos años. Lo veo de vez en cuando y es un espécimen de la naturaleza humana tan excelente como uno pueda imaginarse.
Aconsejo muy seriamente a todo alcohólico que lea con atención este libro. Es posible que a primera vista lo tome como objeto de burlas, pero quizás después se quede meditando y eleve una oración.
William Silkworth, M.D.
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Este es el Prólogo tal como apareció en la primera
impresión de la primera edición en 1939.
NOSOTROS, los Alcohólicos Anónimos, somos más de un centenar de hombres y mujeres que nos hemos recuperado de un estado de mente y cuerpo aparentemente incurable.
El propósito principal de este libro es mostrarle a otros alcohólicos precisamente cómo nos hemos recuperado. Esperamos que estas páginas les resulten tan convincentes que no les sea necesaria más autenticación. Creemos que nuestras experiencias le ayudarán a cada uno a entender mejor al alcohólico. Muchos no comprenden que el alcohólico es una persona muy enferma. Y además, estamos seguros de que nuestro modo de vivir tiene sus ventajas para todos.
Es importante que nosotros permanezcamos anónimos porque en el presente somos muy pocos para atender el gran número de solicitantes que pueden resultar de esta publicación. Siendo la mayoría gente de negocios o profesionales no podríamos realizar bien nuestro trabajo en tal evento. Quisiéramos que se entienda que nuestra labor alcohólica no es profesional.
Cuando escribimos o hablamos públicamente sobre alcoholismo recomendamos a cada uno de nuestros miembros omitir su nombre, presentándose en cambio como “un miembro de Alcohólicos Anónimos.”
Muy seriamente le pedimos a la prensa también observar esta recomendación, de otra manera estaremos grandemente incapacitados.
Nosotros no somos una organización en el sentido convencional de la palabra. No hay honorarios ni cuotas de ninguna clase. El único requisito para ser miembro es un deseo sincero de dejar la bebida. No estamos aliados con ninguna religión en particular, secta o denominación, ni nos oponemos a ninguna. Simplemente deseamos ser serviciales para aquellos que sufren esta enfermedad.
Estamos interesados en saber de las experiencias de aquellos que están obteniendo resultados de este libro, particularmente de los que han empezado a trabajar con otros alcohólicos. Nos gustaría ser serviciales en tales casos.
Las preguntas de sociedades científicas, médicas y religiosas serán bien recibidas.
Alcohólicos Anónimos
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ALCOHOL ES UNA DECISIÓN PERSONAL
ENFERMARSE DE ALCOHOLISMO, NO.
EL ALCOHOLISMO y la adicción a otras drogas “No son un suicidio, sino una lenta capitulación”, decía Jim Morrison, el cantante y compositor de los Doors, uno de los grupos de rock más importantes de la década de los sesenta. Su sufrimiento no duró mucho: murió en París en 1971, a los 27 años de edad.
La versión no oficial señala como causa una sobredosis de heroína tras varios meses de asaltos de depresión y de beber compulsivamente. Aunque seguirá habiendo historias parecidas sobre distintos personajes, muchas podrían evitarse con una visión distinta del
consumo excesivo del alcohol. Contrariamente a lo que la mayoría de la gente piensa, el alcoholismo no es cuestión de fuerza de voluntad.
El alcoholismo es una enfermedad progresiva y crónica, que presenta síntomas que van desde el malestar hasta el dolor intenso. Depende de varios factores, principalmente de la predisposición genética y de la influencia del medio ambiente familiar y social.
Pese a que afecta todo el cuerpo y provoca una variedad de problemas médicos, los principales síntomas se manifiestan en el sistema nervioso. A través de éste, en especial del cerebro, la adicción produce diversos trastornos en el pensamiento, las emociones y la conducta del enfermo. El consumo incontrolable de alcohol empezó a considerarse como una enfermedad desde principios del siglo XIX, pero formalmente fue reconocido como tal por la Organización Mundial de la Salud hasta 1953.
Uno de los principales obstáculos para prevenirla y controlarla es ignorar que se trata de un padecimiento en el que parece influir la predisposición genética, pues las estadísticas médicas indican que siete de cada diez enfermos tienen antecedentes familiares de abuso de alcohol. Según datos médicos, alrededor de 600 millones de personas, 10% de la población mundial, sufren los estragos del alcoholismo. Sorprendentemente, se estima que sólo seis millones de los enfermos (1%) están bajo tratamiento.
“La negación es un mecanismo de defensa para disminuir la culpa y la vergüenza, sentimientos que se producen pues el alcoholismo está muy estigmatizado por la sociedad. Por eso la gente cree que el consumo excesivo es un problema de falta de fuerza de voluntad y no acepta que es una enfermedad. En vez de eso, el enfermo debe hacerse responsable del padecimiento y tratarse”. Así interpreta la negación el doctor Francisco Cantú Guzmán —psiquiatra especializado en el tratamiento del alcoholismo y otras adicciones y director de la Clínica ADC Cantú, A.C, de Cuernavaca, Morelos—, quien añade que también se cae en el error de pensar que el problema se resuelve exclusivamente dejando de tomar:
“El consumo excesivo es sólo una parte de los síntomas; la otra parte de
la enfermedad es el mal manejo de las emociones”.
¿Por qué se presenta el alcoholismo en algunas personas? Según los últimos avances médicos, la adicción es una disfunción cerebral en el sistema límbico (de limbus,
borde). Éste es el lugar donde residen nuestras emociones, aprendizaje y memoria. Se le conoce también como intercerebro, pues es la interfaz entre el tronco cerebral —la parte más primitiva del cerebro, de la cual dependen nuestras funciones vitales— y la neocorteza, la última en desarrollarse después de millones de años de evolución y que es la base del pensamiento humano. El alcohol que se consume llega al cerebro y actúa como depresor del sistema nervioso central. Se han encontrado evidencias experimentales de que su efecto es inhibir o incrementar la producción de algunos neurotransmisores (mensajeros químicos entre neuronas) como el ácido gama-amino-butírico, la serotonina y la dopamina, asociados, entre otras funciones, con el comportamiento emocional.
“Todos sabemos que el alcohol es un relajante nervioso —explica el doctor Cantú—; por ejemplo, a quienes tienen miedo de subirse a un avión se les recomienda tomarse algo antes de abordar. Para animarse a sacar a bailar a una muchacha algunos jóvenes se toman una o dos copas”.
Un rasgo característico de las personas propensas al alcoholismo es la hipersensibilidad emocional. Les resulta difícil manejar adecuadamente lo que sienten, sin importar que sea placentero o no (ira, temor, tristeza, vergüenza, placer, amor, ansiedad, frustración) y necesitan del alcohol para sentirse bien. Entre los terapeutas se ejemplifica el manejo de la hipersensibilidad con la denominada “olla estrés”. El estrés se produce cuando la intensidad de la flama (es decir, las emociones) es muy alta. Para no explotar, es necesario que haya válvulas de escape y la “olla” puede tener varias.
Una es la bebida, la cual proporciona bienestar en el corto plazo. Las otras incluyen hablar de lo que sentimos, el estudio, el trabajo, las diversiones, el ejercicio, la fe. Son varias las opciones. Cuando se declara la enfermedad y el enfermo quiere rehabilitarse, a estas
válvulas de ayuda emocional se suman los grupos de Alcohólicos Anónimos, la psicoterapia y el tratamiento médico.
Características de la enfermedad
• Abusar del consumo, convirtiéndose en bebedor excesivo. Pérdidas en las diferentes áreas de vida.
• Aumento de tolerancia (se cree que ya se aprendió a beber).
• Síndrome de supresión (“cruda, resaca”). El organismo se acostumbra al alcohol y protesta si deja de ingerirse. El alcohólico debe volver a beber porque se siente muy mal.
• Compulsión (imposibilidad de dejar de consumir alcohol).
• Aumento de agresividad e impulsividad, se altera el juicio de realidad hacia sí mismo. (“Yo controlo mi manera de beber, yo estoy bien y los demás mal, lo mío es diferente”); van en aumento las lagunas mentales.
• Daños al organismo (principalmente cirrosis hepática y deterioro cerebral). Un cambio de enfoque para la prevención
• Investigar si hay antecedentes de alcoho- lismo en la familia.
• Si alguien bebe en exceso es necesario -llevarlo al hospital como si se tratara de cualquier otra intoxicación. El registro y seguimiento del hecho podrían ayudar a establecer si hay o no predisposición al alcoholismo.
• Si un grupo de amigos o compañeros bebe periódicamente, recomendarles buscar información acerca de la predisposición al alcoholismo.
• Señales de alarma:
emborracharse en cada fiesta;
mostrar señales de impulsividad e inmadurez;
escoger amigos que toman;
preocuparse por disponer de bebida;
pensar que sin alcohol, no hay diversión;
alta tolerancia (tomar comparativamente mayor cantidad de alcohol que otros sin que se presenten síntomas tempranos de borrachera);
ingerir alcohol para dormir y en el desayuno;
sufrir pérdidas cada vez mayores relacionadas con la salud, la familia, el trabajo y la economía;
sufrir lagunas mentales.
El sutil límite
La gente que abusa del alcohol, con o sin predis-posición, coquetea con la dependencia, esto es, con la enfermedad. El doctor Cantú afirma que al principio no se perciben claramente los síntomas: “Como enfermedad crónica, su inicio es muy insidioso y se presenta a través de los años. Cuando la gente se percata, la dependencia de la sustancia ya se ha establecido irremediablemente”. Lo que sí es claro es que, incluso antes de que se establezca la dependencia, con el paso del tiempo cada vez pueden llegar a ser más serias las consecuencias de la llamada “enfermedad de las pérdidas”: lesiones serias o muerte violenta en accidentes automovilísticos o riñas, pérdidas económicas para poder
seguir consumiendo alcohol, pérdida de la pareja, los hijos, el trabajo, los amigos, la salud.
Los especialistas en alcoholismo señalan dos hechos como el puente que separa al bebedor habitual de la dependencia. El primero es el aumento de tolerancia al alcohol. Es decir, el bebedor -necesita y consume mayor cantidad sin que se muestren signos tempranos de borrachera. La dependencia significa que el organismo se habitúa metabólicamente a altos niveles de alcohol en la sangre y protesta cuando no los alcanza (para curarse la “cruda” hay que beber otra vez).
Ambos hechos conducen después a la pérdida total del control en la manera de beber. El consumo se vuelve compulsivo. Quienes aceptan la enfermedad buscan ayuda y entran a tratamiento para mejorar su calidad de vida. Los que no, es posible que se acerquen paulatinamente a la cárcel, al hospital psiquiátrico o la muerte. La alternativa
“Aceptar al alcoholismo como una enfermedad y adquirir -mayor conciencia
del factor hereditario contribuirían a que muchas personas no sufrieran
las pérdidas y padecimientos propios de esta adicción —comenta el
-especialista—; sabemos que siete de cada diez enfermos tienen
-antecedentes familiares de alcoholismo o adicción a otras sustancias.
Por ello, si en nuestra familia hay signos muy claros de la enfermedad,
la prevención debe ser mayor. Además, si se presenta, es importante que
se trate inmediatamente. Ésta es la alternativa”, subraya el doctor Francisco Cantú Guzmán.
“La atracción por el cine reside en el miedo a la muerte. Las películas crean una especie de falsa eternidad” decía Morrison, talentoso creador de “Enciende mi fuego” (Light my Fire), al hablar de una de sus principales preocupaciones. Tal vez no se habría topado con la muerte en París si hubiera buscado otras válvulas para aliviar sus emociones.
Consumo de alcohol en México En nuestro país, el consumo de bebidas alcohólicas representa un serio problema de salud. La Encuesta Nacional de Adicciones —levantada por la Dirección General de Epidemiología de la Secretaría de Salud en 1993, en hogares, con una muestra de 20,243 sujetos, representativos de la población entre 12 y 65 años de edad— indica que 66.5% de la población estudiada (poco más de 28 millones de personas)
son “bebedoras”; 25.4% no beben y 8.1% son exbebedoras. La encuesta también mostró que 23.4% de los sujetos entrevistados ha consumido alcohol hasta la embriaguez; 9.4% presenta síntomas de dependencia, y 66.0% inició el consumo de alcohol antes de los 19 años.
Por otro lado, una encuesta médica aplicada por la Dirección General de Servicios Médicos de la UNAM a 32,321 alumnos inscritos al bachillerato y a la licenciatura de la UNAM (57% de todos los alumnos de primer ingreso), con un promedio de edad al ingresar al bachillerato de 15.5 años y a la licenciatura de 18.5, mostró que 17,813 estudiantes (55%) nunca han bebido alcohol. El 45% restante (14,508 estudiantes) inició su consumo entre los 13 y los 15 años de edad, cuando cursaban la secundaria.
Con respecto a la frecuencia de consumo, 41% de las mujeres y 28% de los hombres ingieren bebidas alcohólicas sólo una vez al año; 11% y 16% de los varones de bachillerato y licenciatura hacen un consumo semanal, mientras que en las mujeres es de 6% y 7% para los mismos niveles. Con respecto a la intensidad de la exposición (número de copas que consumen por ocasión), hay gran diferencia entre los sexos. El 50% de las mujeres reporta consumir una o dos copas por ocasión y sólo 6% un consumo intenso. El 25% de los hombres consume de una o dos copas, mientras que el 23% toma seis o más copas por ocasión. Quienes consumen habitualmente alcohol reportaron la convivencia como la
motivación principal (71.%); 27% de los estudiantes de bachillerato y 31% de licenciatura busca el efecto placentero del sabor y de la sensación producida por el alcohol, y 11% de los estudiantes de bachillerato y el 5% de licenciatura hacen uso de esta sustancia para satisfacer la curiosidad. Los estudiantes encuestados provienen de familias en las que
el 33% de los padres, el 2% de las madres y el 7% de los hermanos consumen alcohol. Según esta muestra, la droga más consumida por los universitarios es el alcohol, seguida del tabaco. El consumo de alcohol y tabaco están íntimamente relacionados: más del 63% de los encuestados consumen ambas drogas.
Agresividad y alcohol
El estudio de la conducta de animales, como en el caso de los primates no humanos, puede ayudarnos a entender nuestro propio comportamiento. La relación entre el consumo del alcohol y la agresividad es el tema de estudio que Esther García-Castells —doctora en ciencias fisiológicas del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM— ha llevado a cabo con grupos de monos verdes. Una de sus observaciones es particularmente reveladora: la presión social evita que se desarrolle alcoholismo. Los animales investigados son machos y hembras adultos, juveniles e infantes, que viven en grupos formados por un mínimo de seis y un máximo de diez, alojados en jaulas de 25 m2 situadas al aire libre.
Los registros de conducta se realizan durante dos horas diarias. En la primera los animales no tienen acceso al alcohol (registro de control sin bebida). Durante la siguiente hora se les permite consumir libremente una preparación que contiene agua azucarada y 15% de ron. A pesar de que los animales disponen en todo momento de agua y alimento, tienen una preferencia clara por la preparación con alcohol. La doctora García-Castells indica que la vida en grupo requiere de un balance adecuado entre dos fuerzas: la afiliación (abrazarse y estar juntos) y el agonismo (lucha por el dominio del grupo). Las conductas
afiliativas son de suma importancia para la cohesión social de los grupos y sirven en muchas ocasiones para frenar la agresión. A través de las conductas agonísticas se establecen y mantienen las jerarquías de dominio social, indispensables para conservar el orden. Cuando los grupos tienen acceso al alcohol, los monos dominantes tienen prioridad para beber; una vez que éstos se retiran de los bebederos, se aproximan los que siguen en jerarquía, de modo que casi todos beben. La doctora García-Castells explica que al consumir alcohol todas las conductas se intensifican, excepto la sexual: “El alcohol facilita todo tipo de interacciones, principalmente el juego. Éste cambia no sólo cuantitativa, sino también cualitativamente: se hace cada vez más repetitivo, compulsivo y rudo. Los animales juveniles, que son los que más beben, durante el juego insisten en jalar la cola de los otros animales del grupo, incluso la del macho dominante, sin importar las consecuencias. Estos hechos disparan una conducta agresiva hacia el individuo que está rompiendo las reglas, el cual finalmente se aísla en medio de miradas amenazantes e, incluso, de agresiones físicas, como mordidas”. El rechazado deja de beber y se retira a un rincón de la jaula; así, debe dormir solo, pasar frío y reducir sus posibilidades de contacto social, hechos que, de continuar, ponen en riesgo su vida. Por ello, el animal deja de beber y utiliza sus habilidades sociales para reintegrarse al grupo. La doctora García-Castells sostiene que esto implica que la presión social del grupo evita el alcoholismo; es decir, la dependencia física del alcohol. Otro resultado de estos estudios es la alteración de la dinámica social: “Con el alcohol, las conductas afiliativas, base de la cohesión social, se truncan por el juego compulsivo y rudo, así como por las conductas agresivas asociadas, lo
cual eleva las probabilidades de que aparezcan conductas violentas debido a que la escalada agresiva no se frena”. Las extrapolaciones al caso humano deben hacerse con suma cautela; sin embargo, los resultados obtenidos en el laboratorio subrayan la necesidad de una mayor presión social traducida en que el bebedor ocasional asuma la responsabilidad de su actos y reduzca con ello el riesgo de convertirse en víctima del
alcoholismo. “Además de esto —concluye la investigadora—, el consumo sistemático de alcohol no sólo altera la vida del individuo, sino también la del grupo social del que forma parte, particularmente de su familia”
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Gracias por todas las cadenas de mierda que me mandaron durante los
últimos años, las seguí al pie de la letra y gracias a ellas:
a) Ya no saco plata de los cajeros porque me pueden poner una pantalla falsa que me hace creer que se tragó la tarjeta y después me vacían la cuenta.
b) Dejé de tomar Coca-Cola después de enterarme que sirve hasta para quitar el sarro de los inodoros y además me oxida el aparato sexual y la ropa interior.
c) Dejé de ir al cine por miedo a sentarme en una butaca y pincharme el culo con una jeringa infectada de SIDA.
d) Apesto, huelo a mierda, porque dejé de usar desodorantes, ya que me enteré que producen cáncer en las axilas.
e) No dejo más el auto en playas de estacionamiento en ningún otro lado y a veces tengo que caminar como 7 cuadras por miedo a que me droguen con la muestra de un perfume para robarme el auto y quizás hasta me violen y me hagan mierda y de paso me maten.
f) Dejé de contestar las llamadas telefónicas, temiendo que me pidiesen marcar el 9 y que sé yo que más y me llegue una cuenta telefónica descomunal porque me robaron la línea y llamaron a mi cargo a Uganda, Singapur, Estocolmo, Tokio y a Tiumbuktú.
g) Suspendí el consumo de varios alimentos por miedo a los estrógenos, a los ransgénicos y a no sé a cuantas huevadas más.
h) Dejé de comer pollo y hamburguesas porque no son más que carne de engendros horripilantes sin ojos ni plumas, cultivados en un laboratorio.
i) Tampoco fui más a McDonald’s para no comer hamburguesas hechas con, además de la carne del punto anterior, una especie de lombrices mutantes.
j) He suprimido el sexo por miedo a que me vendan los preservativos con un hueco y me contagie de solo Dios sabe qué porquería.
k) Dejé de tomar cualquier cosa que venga en lata por miedo a morir envenenado por la meada de los ratones.
l) En las fiestas no le hago caso a ninguna chica que se me regale, por más que sea un minón, por terror a que me robe los riñones y me deje dormido en una bañera con hielo.
m) Ya no uso el microondas por miedo a la ebullición súbita que desfigurará la cara (peor que el Fantasma de la Ópera) apenas retirara la sopa o el café que antes calentaba todas las mañanas.
n) Gasté más de US $500 en limpieza de virus de mi PC por las cadenas que me advertían de la aparición de un nuevo virus y que, por supuesto, lo tenían metidito bien adentro.
o) Doné unos US $1.000 de mis ahorros a las 638 cuentas de Amy Bruce una niñita enferma con cáncer, que estuvo a punto de morirse unas 7.245 veces en 4.354 hospitales diferentes y que tiene siete años desde 1993!!!
p) Dejé de hacer, tomar y comer tantas cosas, que casi me muero de aburrimiento, de hambre y de idiota…
q) Estuve metido en Internet, semanas enteras como un idiota, esperando los 150.000 dólares que me mandarían Microsoft y AOL por participar en la prueba de rastreo de
los e-mails.
r) El prometido viaje a Europa con todo pagado tampoco llegó.
s) No recibí los 10.000.000 de dólares, ni el Ferrari, ni el fin de semana de sexo desenfrenado con Pamela Anderson (las 3 cosas que pedí como deseo después de mandar a 10 personas el Mantra Mágico enviado por el mismísimo Dalai Lama!).
t) Envié más de 500 firmas en contra de la guerra de USA contra Irak y ahora me dijeron que estoy en una lista de terroristas sospechosos y me cago del miedo, porque en cualquier momento vendrán estos yanquis de mierda y me matarán a tiros.
De lo que sí estoy seguro es de que todos mis problemas y males son a causa de alguna puta cadena que rompí o que me olvidé seguir y por eso me cayó la maldición de Montezuma encima… QUÉ CAGADA!
Una maldición del carajo.
NOTA IMPORTANTE: Si no envías este e-mail por lo menos a 23.644 personas en los próximos 20 segundos, te cagará una paloma en el ojo, dejándote ciego, hoy a las 6:00 p.m. cuando salgas del trabajo y además te arderá impresionantemente una hemorroide gigante que te va a salir a las 9:23 p.m.
RECUERDEN: NO ROMPAN LA CADENA
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a mi me gusta mucho y me parece genial, hay versiones actualizadas, pero que quieren que les diga a mi me gusta este que es el primero que ví, obviamente lo recibí por mail. Espero que lo disfruten tanto como yo y si no, que se yo, hagan los que se les cante.
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Operadora: ¿Hola?, Buenos días, ¿Usted es el tiltular de línea?
Cliente: Sí, soy yo mismo.
Operadora: ¿Me puede decir su nombre, Por favor?
Cliente: José Luis
Operadora: Señor José Luis, le llamo de Movistar para ofrecerle una promoción consistente en la instalación de una línea adicional en su casa, en donde usted tendrá derecho a…
Cliente: Disculpe la interrupción señorita, pero, exactamente ¿Quien es Usted?.
Operadora: Mi nombre es Silvina Maciel, de Movistar y estamos llamando…
Cliente: Silvina, discúlpeme, pero para nuestra seguridad me gustaría comprobar algunos datos antes de continuar la conversación, ¿le importa?
Operadora: No tengo problemas, Señor.
Cliente: ¿Desde que teléfono me llama? En la pantallita del mío solo pone “NUMERO PRIVADO”.
Operadora: El interno mío es el 1004.
Cliente: ¿Para que departamento de Movistar trabaja?
Operadora: Telemarketing Activo
Cliente: ¿Me podría dar el número de trabajadora de Movistar?
Operadora: Señor, disculpe, pero creo que toda esa información no es necesaria.
Cliente: Entonces lamentablemente tendré que colgar, porque no tengo la seguridad de hablar con una trabajadora de Movistar.
Operadora: Pero yo le puedo garantizar…
Cliente: Vea Silvina, cada vez que yo llamo a Movistar, antes de poder comenzar cualquier trámite, estoy obligado a dar mis datos a toda una legión de empleados…!
Operadora: Está bien señor, mi número es el 34591212
Cliente: Un momento mientras lo verifico, no se retire Silvina…
(Dos minutos)
Cliente: Un momento por favor, toda la gente en casa se encuentra ocupada…
(Cinco minutos)
Operadora: ¿Señor?
Cliente: Un momento por favor, toda la gente en casa se encuentra ocupada…
Operadora: Pero… ¡Hola Señor!
(Ni cinco de bola, ni un puto caso… )
Cliente: Sí Silvina, gracias por la espera, nuestros sistemas están un poco lentos hoy… ¿Cuál era el asunto de su llamada?
Operadora: Le llamo de Movistar, estamos llamando para ofrecerle nuestra promoción “Línea Adicional”, en la que usted tiene derecho al uso de otra línea a muy bajo costo. ¿Usted estaría interesado José Luis?
Cliente: Silvina, le voy a comunicar con mi mujer, que es la encargada de la sección de adquisición de productos técnicos de la casa; por favor, no se retire.
(Coloca el auricular del teléfono delante de un grabador y pone el CD de Caribe Mix 2004 con el Repeat activado).
(Después de dos minutos la mujer atiende el teléfono.)
Mujer: Disculpe por la espera, me puede decir su teléfono pues en la pantallita del mío solo aparece “NUMERO PRIVADO”.
Operadora: 1004
Mujer: Gracias, ¿Con quién estoy hablando?
Operadora: Con Silvina
Mujer: Silvina, ¿Qué?
Operadora: Silvina Maciel (Ya demostrando cierta irritación en la voz).
Mujer: ¿Cual es su número de trabajadora de Movistar?
Operadora: 34591212, (más irritada todavía).
Mujer: Gracias por la información Silvina, ¿En qué puedo ayudarla?
Operadora: La llamo de Movistar, estamos llamando para ofrecerle nuestra promoción “Línea Adicional”, en la que usted tiene derecho a otra línea. ¿Estaría interesada?
Mujer: Voy a ingresar su solicitud en nuestro programa de Nuevas Adquisiciones y dentro de algunos días nos contactamos con usted.
¿Puede anotar el numero de ingreso al programa por favor?…
¿hola?, ¿hola?
- TU…TU…TU…TU…
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Cuarenta cosas que suceden en las peliculas Yanqui |
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Siempre se puede encontrar sitio para estacionar justo enfrente del edificio al que se quiere entrar. |
Cuando pagues un taxi, no mire la cartera mientras saques un billete. Simplemente agarra uno al azar. Será la tarifa exacta. |
Los noticieros de la tele normalmente sacan una historia que te afecta personalmente en el preciso momento de emitirla… |
La música tenebrosa (o cantos satánicos) provenientes de un cementerio deben ser siempre investigada con detenimiento. |
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Cualquier cerradura puede forzarse con una tarjeta de crédito o un clip en cuestión de segundos. EXCEPTO si el edificio está en llamas y hay un niño dentro. |
Si decides ponerte a bailar en medio de la calle, todo el mundo que se arrime sabrá todos los pasos. |
Todas las bombas con temporizador electrónico llevan incorporado un visor con grandes dígitos rojos para que sepas exactamente cuando van a estallar. |
Si quieres hacerte pasar por un oficial alemán, no tienes que hablar alemán. Bastará con que hables castellano con un fuerte acento alemán. Del mismo modo, cuando los soldados alemanes están solos, todos prefieren hablar castellano entre ellos. |
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Una vez aplicado, el lápiz de labios no se corre, incluso haciendo submarinismo. |
La Torre Eiffel se puede ver desde cualquier ventana de cualquier edificio de París. |
Un policía a punto de retirarse tiene más posibilidades que nunca de morir en su último día en la unidad (sobretodo si su familia ha organizado una fiesta). (Corolario: los detectives solamente pueden resolver un caso después de haber sido suspendidos de servicio). |
Los coches que huyen nunca son los primeros en salir, sino los coches de la policia. (Estos, además, protagonizarán una entrada triunfal en medio de la escena del crimen). |
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En una casa encantada, las mujeres siempre investigarán cualquier ruido extraño vistiendo su lencería más provocativa. |
En una vigilancia, la acción solamente tendrá lugar cuando los policías estén comiendo y los cafés hirviendo estén en el guardabarros… |
Cualquier compra en un supermercado implica la adquisición de un pan que sobresale de una bolsa de papel marrón (Corolario: cuando las bolsas de papel se rompan, solamente saldrá fruta rodando). |
Los coches nunca necesitan combustible (a no ser que se vean envueltos en una persecución). |
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Si te ves superado en número en una pelea de artes marciales, tus contrincantes esperarán pacientemente para atacarte de uno en uno, bailando a tu alrededor de forma amenazante, hasta que te hayas deshecho de su predecesor. |
En cuanto de enciende un micrófono, inmediatamente se acopla. |
Las pistolas son como maquinas de afeitar descartables. Si se te acaban las balas, tírala. Ya encontrarás otra. |
Todas las mujeres solteras tienen gato. |
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Los coches explotan de forma instantánea en cuanto les da una bala. |
No importa la violencia con que una nave espacial pueda ser atacada: el sistema de gravedad artificial nunca se ve afectado. |
Si te persiguen por toda la ciudad, siempre puedes esconderte en el desfile del Día de San Patricio – en cualquier época del año. |
El sistema de ventilación de un edificio es un escondite perfecto. Nadie va a pensar jamás buscarte ahí, y puedes ir de una parte a otra del edificio sin que te detecten. |
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Vas a sobrevivir a cualquier batalla de cualquier guerra EXCEPTO si le enseñas a alguien la foto de tu novia que se ha quedado en casa. |
Las putas siempre se parecen a Julia Roberts o a Jamie Lee Curtis. Llevan ropa carísima y tienen departamentos preciosos, pero no las jode nadie. Son amigas de todos los vendedores del barrio que nunca las van a censurar por la forma que tienen de ganarse la vida. |
Un fosforo suele bastar para iluminar una habitación del tamaño de un estadio de fútbol. |
No hay que decir ni “Hola” ni “Chau” en una conversación telefónica. |
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Un hombre disparando a 20 personas tiene más probabilidades de matarlos a todos que 20 hombres disparando a la vez (también llamada Ley de Stallone). |
Cuando apagas la luz y te vas a la cama, toda tu habitación sigue iluminada, sólo que un poco azulada. |
Las chicas normalitas o simplemente feas pueden convertirse en estrellas del cine simplemente con quitarse los anteojos y arreglándose un poco el pelo. |
En lugar de gastar balas, los heroes prefieren matar a sus enemigos con complicados dispositivos con fusibles, poleas, gases letales, lásers y tiburones devorahombres. |
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Todas las camas tienen sábanas especiales en forma de L que cubren hasta las axilas a una mujer pero solamente hasta la cintura al hombre acostado a su lado. |
Cualquiera puede hacer aterrizar un 747 con el único requisito de que alguien lo guíe desde la torre de control. |
En una investigación policial siempre hay que visitar por lo menos un club de Striptease. |
Siempre puedes encontrar una motosierra cuando la necesites. |
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La mayoría de instrumentos musicales (sobretodo los de viento y los acordeones) se pueden tocar sin mover los dedos. |
En la región interior de los EUA, todos los empleados de las gasolineras llevan pañuelos rojos colgando del bolsillo trasero del pantalón. |
Todas las fiestas de quinceañeros tienen presente un individuo perteneciente a toas las subculturas (incluso gente sin ningún tipo de relación y que nunca serían invitados a esas fiestas). |
Los camiones utilizan la bocina al azar (no, espera, ¡eso también pasa en la vida real!) |
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Traducido de…
40 Things That Only Happen In Movies http://www.nostalgiacentral.com/features/20moviethings.htm
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No es claro cuán antigua es la Oración de la Serenidad o quién la escribió realmente. Puede ser tan antigua como Boethius (500 A.D.) quien era un filósofo. Antes de ser martirizado por los Cristianos, estuvo en prisión por mucho tiempo durante el cual escribió la “Filosofía de la Consolación.”
Reinhold Niebuhr es frecuentemente mencionado como quien escribió la Oración de la Serenidad pero él le dio el crédito a Friedrich Oetinger un teólogo del siglo 18.
En 1947, Niebuhr leyó la Oración en un anuncio obituario en el York Tribune. Le gustó tanto que la compartió con Bill W. (de Alcoholicos Anónimos). Por parecer tan apropiada para AA ha sido asociada con el grupo desde entonces.
La Oración, es como sigue:
Dios, concédeme
La serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
Valor para cambiar aquellas que puedo,
y Sabiduría para reconocer la diferencia.
Viviendo un día a la vez;
aceptando las dificultades como la senda a la paz;
tomando, como hizo Jesús, a este mundo pecador tal como es,
no cómo quisiera que fuera:
Confiando que Tú harás bien todas las cosas
si me someto a Tu Voluntad;
para que esté razonablemente feliz en esta vida y
sumamente feliz en la que viene.
http://www.christians-in-recovery.com/prayers/serenitySP.html
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